Tenemos leña. Muchos troncos de limonero secos esperando para
que la tita Concha encienda la chimenea de la cocina de afuera. No sé por qué,
pero la de dentro, que es mucho más moderna, nunca se usa. No solo de limonero,
el abuelito ha traído de almendro y unas ramas secas de sarmiento. Cuando la tata
“Nena” hace arroz con conejo y caracoles en las brasas de sarmiento, ni en “Los
Collares” pueden superarlo.
El abuelito, mi padre y los tíos se han ido a San Pedro. Todas
las Nochebuenas, al amanecer, se van a la lonja a por el marisco. Traen quisquilla,
gamba roja, canaíllas, mejillones y almejas. Bueno, traen el marisco y algo
más, porque, cuando llegan, parecen muy contentos. Las mujeres también se toman
sus cervecitas, pero es otra cosa. Supongo que es cuestión de tradiciones.
Nosotros no paramos de jugar, estamos todos los primos. Es mejor que una fiesta
de cumpleaños, es la Nochebuena en casa del abuelito.
Esta noche habrá una mesa muy larga. De hecho, necesitaremos
abrir la puerta de abanico que separa el salón del cuarto de estar. Veremos el
discurso de su Majestad don Juan Carlos I, nos pondremos hasta arriba de
marisco, carne y cola de Royal Crown, los mayores el Vega Sicilia y, solo por
un momento, cuando abran la sidra, nos dejarán crecer para beber un sorbo.
Muchos chistes, villancicos, los tan ansiados aguinaldos y, a
eso de las once y media, todos a la misa de gallo, caminando hasta la iglesia,
oliendo en cada calle a cordero a la brasa, a pavo al horno y a ese ambiente de
Navidad inigualable, irrepetible. El olor de la felicidad.

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