El Real Madrid club de fútbol se ha vuelto a clasificar para disputar la final de la Champions League, y le enfrentará, el próximo 28 de mayo, en el Stade de France de Saint Denis, París, a uno de sus históricos rivales en la competición, los ingleses del Football Club Liverpool. Obviando la última de 2018 en Kíev, mi memoria me lleva a, quizá, salvando imágenes difusas del mundial 78, el primer recuerdo futbolístico fiable que tengo, la final del 81. Volviendo a ella, y antes de enfrascarme en mi experiencia personal, hay ciertos datos curiosos que me gustaría compartir.
Por aquel entonces, la Champions
League se denominaba Copa de Europa, y solamente la jugaban los campeones de la
liga doméstica de cada país más el ganador del año anterior. Se jugaba los
miércoles, incluida la final. Ese año de nuestro Señor de 1981 la fecha elegida
fue el 27 de mayo, solo un día antes en el calendario que la final de este año,
y, al igual que la de 2022, la ciudad elegida fue París, aunque el estadio
cambia, la del 81 se celebró en el histórico Parque de los Príncipes. Los
protagonistas los conocemos Real Madrid y Liverpool, que comenzaron con las
siguientes alineaciones:
Real Madrid: Agustín, García
Cortés, Sabido, García Navajas, Camacho, Del Bosque, Ángel, Stielike, Juanito,
Santillana, Cunningham. También participó Pineda, que sustituyó a García Cortés
en el min. 87. Entrenador: Vujadin Boskov.
Liverpool: Clemence, Neal, Alan Kennedy, Thompson,
Hansen, Ray Kennedy, Lee, McDermott, Souness, Daglish Johnson. También
participó Case, que sustituyó a Daglish en el min. 87. Entrenador: Bob
Paisley.
El partido y la Copa de Europa se
la llevó el Liverpool por 1-0, con gol de Alan Kennedy en el minuto 82.
Yo tenía 8 años, me estaba criando en un pueblo de apenas cinco mil habitantes, donde la llegada de la democracia también trajo bajo su regazo la independencia de Santomera como pueblo de Murcia y todas las mejoras que comenzaban a fastidiarnos a los niños, como el asfaltado de las calles. Ya no podíamos hacer un “gua” para jugar a las canicas, y jugar al fútbol era un incordio, con las piernas llenas de quemaduras y raspaduras de aquella superficie del diablo, con lo blandita que estaba la tierra. Pero también llegaban las televisiones en color, que, por lo menos a mí, abrieron las ventanas de par en par a un mundo nuevo.
Aquel miércoles salí del colegio,
jugué el partido con los amigos y me fui al caer el sol a casa de mi
abuelo materno para cenar. Obviamente, estaba convocado. En las brasas del
hogar, costillas de cordero, en el fuego, patatas fritas a lo pobre, mientras
mi abuelo hacía su famoso mojete. Nuestra alineación era mi abuelo, Angel “el
Monete”, su cuñado y tío abuelo mío Pepe “el Ciporrón”, al que le llamábamos
cariñosamente “Cañamel”, mi tía abuela, hermana de mi abuelo y madrina mía Concha
“del Monete”, mi hermano Manolo “el Polín” y yo.
Ver un partido de copa de Europa
era un ritual. Siempre la misma cena, la mesa de camilla de la sala de estar
preparada, una alfombra a los pies (solo se quitaba los meses de verano, cuando
no había fútbol), en la que mi hermano y yo teníamos dispuesto el terreno de
juego de los Airgamboys del mundial del 78 (curiosamente, eran de Argentina y
Alemania, no sé la razón por la que el rival de Argentina no era Holanda, que
le disputó otra final histórica), y comenzar a cenar en el mismo momento en el
que el trencilla de turno daba la señal de inicio.
Con tan corta edad (mi hermano
Manolo tenía 6 años), nuestra fascinación no estaba en el partido de fútbol en sí,
sino en contemplar la tensión en el rostro de nuestros mayores, en escuchar los
comentarios a cada jugada que, con el paso de los años, contribuyeron a
engrosar nuestro argot futbolístico: córner, offside, fault, linier, todas
palabras inglesas adornadas por nuestro especial acento murciano, y que, en
aras de nuevas nomenclaturas de moda, tienden a desaparecer, y, cómo no, en la
maravillosa cena con la que nos regalaban un miércoles, más propia del fin de
semana.
Y llegó el minuto fatídico en el
que Alan Kennedy nos borró la sonrisa de la cara. Camacho había tenido una clarísima
ocasión intentando una vaselina a Clemence, que se fue por muy poco por encima
del arco; y tuvo que ser otro defensa, después de un saque de banda en el lado
derecho de Agustín, el que sí lograra marcar. El Real Madrid había jugado su
última final en el año 66, cuando los Ye-yes batieran al Partizán en Bruselas. Tampoco
volveríamos a ver otra hasta el año 98, en la que Pedja Mijatovic acabara con
la sequía de 32 años sin ganar nuestro más preciado tesoro, la Copa de Europa.
Y a pesar de lo borroso de las
imágenes de mi recuerdo, sí hubo una frase que no se me olvidará nunca de mi
tío Cañamel. ¿Por qué?, ni idea. “Si hubiera sido una final a los puntos,
hubiéramos ganado”.
Así que el próximo 28 de Mayo,
sentado delante de mi moderna Smart-Tv, cenaré mojete, patatas a lo pobre y
costillas de cordero, justo cuando el trencilla de la señal de inicio de la
final, y tendré junto a mí, llenado mi corazón acelerado, a mis compañeros de
cónclave, los mayores me mirarán desde arriba sonriendo, y mi hermano, a 2000
kilómetros de mí, a tiro de Whatsapp.
¡HALA MADRID Y NADA MÁS!
