“Cuando llegues
-si tienes que llegar- entra sin hacer ruido. Usa tu propia llave. Di buenas
tardes, di buenas noches, y entra. Como quien ha salido a un recado, y regresa,
y ve la casa como estaba, y lo aprueba, y se sienta en el sillón más cómodo con
un lento suspiro. Abre cuando llegues, si quieres, la ventana a los sonidos
cómplices de fuera, y a la luz, y a la favorable interprete de la vida. El
tiempo que no te tuve dejará de existir cuando tú llegues. Todo será sencillo.
Como una rosa recién cortada se instalará el milagro entre nosotros. No habrá
nada que no quepa en mis manos cuando llegues, tornasoladas nubes coronarán el
techo de la alcoba. ¿Dónde están mis heridas?, me diré…Pero escúchame bien:
llega para quedarte cuando llegues.”
(Antonio Gala)
Sí, he de reconocer que me
enamoro con facilidad. Ustedes podrán preguntarse cómo es eso posible. Bien, se
trata de una cuestión muy sencilla, se lo explicaré.
Cuando vas por la calle y ves una
mujer hermosa, por norma general te llama la atención y se te escapa la mirada,
¿no?, supongo que es inevitable. Pues a mí no me sucede. No, para mí es
diferente, yo me fijo en otras cosas, como por ejemplo una sonrisa fugaz. Esa
sonrisa no tiene por qué ir dirigida especialmente a mí, ni a nadie en
concreto; solamente una sonrisa aislada, espontánea, puede desatar mi pasión.
También me puedo enamorar de su
manera de andar, un contoneo suave de izquierda a derecha...o sus manos, me
encantan ciertas maneras de coger una pluma al escribir, de sostener un
cigarrillo entre los dedos.
Podría enamorarme de decenas de mujeres
a un mismo tiempo. Luego está la costumbre, claro; tienes que verla un día, y
otro, y otro, sólo estás pendiente de esos detalles que te hacen perder las
neuronas, y no de si tiene un cuerpo como para perder la cabeza. Así que llega
un momento en el que sin apenas darme cuenta me doy un pequeño pescozón en la
cabeza y me digo -”- ¡Eh!, en qué estás pensando.”-
Ustedes dirán ¡qué tontería!, eso
no es amor. Pero es que yo no estoy hablando de amor, de amar a alguien, sino
de enamorarse. El amor es diferente, el amor es como ese personaje que te
acompaña en ciertos momentos de felicidad, detrás tuyo, silencioso, como una
droga que recorre tus venas y la sientes placentero, embriagado. El amor se
introduce dentro de ella y te cambia por completo. Te das cuenta de que con
ella estás aprendiendo a soñar, a levantarte cada mañana y vivir, disfrutar de
un buen libro, de una canción que parece sonar distinta porque estás bailando
con ella, una taza de café a medias, hacer el amor, besarla cada noche y tenderte
en la cama con el sabor de sus labios en los tuyos. El amor es una locura
maravillosa que un buen día te apuñala por la espalda y se marcha, abandona tu
castillo de sueños. Entonces lo llamas, imploras que vuelva. Pero él te golpea
en el alma una y otra vez, desgastándola y corrompiéndola; se te escapa la vida
por la boca, por los poros de la piel, por las palabras que manchan esta
hermosa oscuridad que nos envuelve. Te pasas horas enteras pegado al teléfono
esperando una llamada suya que nunca llegará; lo sabes, pero no importa. Puedes
tener el mundo a tus pies y rechazarlo, porque no tienes lo único que en
realidad quieres, porque ese mundo era ella, y ella ya no te ama, y tú no amas
otra cosa que no sea ella. Y tú, en realidad, ya no amas nada…
La fuerza que te dio el amor se
convierte en debilidad atacándote por todos lados. Sales a la calle y cuando
regresas ya no encuentras sus brazos, como antes. Ya no confías en nadie, ni te
pones aquella camisa que sabes que tanto le gustaba. En un mismo instante necesitas
estar solo, bajo un desierto de estrellas, contarlas una a una poniéndole a
todas su nombre, y gritarle al viento que la amas y no puedes vivir sin su
calor. Te fundes con la gente buscando en cada hombre y cada mujer algo que te
la devuelva, darte la vuelta cuando cantan los pájaros o cae una hoja seca al
suelo tras de ti...no, no era ella llamándote. Vuelves a estar solo, como al
principio. A veces quisieras pensar que todo es una pesadilla de la que aún no
has despertado, y cuando lo hagas, ella estará a tu lado, abrazándote. Te
besará y te dirá: -”Tranquilo, estoy aquí, ya ha pasado todo. Confía en mí, te
quiero.”- Lo malo es que eso sería un sueño, y lo que tú estás pasando,
recuérdalo bien, es una pesadilla. Sí, una pesadilla.
Y el caso es que ella siempre
está contigo. Por mucho que lo intente, no puede librarse de ti, aunque se
esconda en el lugar más alejado de la tierra, muera y vuelva a nacer, cambie de
nombre, de pelo, sea una hormiga o un león, una rosa blanca que segarán por el
tallo, o duerma feliz en brazos de otro hombre u otra mujer, porque cada vez
que te mire a los ojos comprenderá que lo que tú sientes por ella es
infinitamente mayor a todo cuanto le rodea. Intentará odiarte con todas sus
fuerzas, te humillará si tiene la ocasión. Eso te consuela, y te mata al mismo
tiempo, verla y no tocarla, no tenerla, no besarla, no abrigarla bajo tu piel,
dentro de tus uñas. Entonces sabes que no sucederá otra vez, el amor se ha
marchado para no volver...quizás jamás. Lo demás es otra historia.
(Murcia, Abril de 1994)