"Sigo la procesión con un hacha de cera
Soy una parte de ellos que atemoriza a la aldea
Entablo amistad con fantasmas y visiones
Bañanado en terror a los pobres de espíritu"
(A Santa Compaña, Golpes Bajos)
Se estaba acercando la hora. Se puso un abrigo impermeable con capucha, no quería que nadie lo viera de noche y por esos parajes, lo que iba a hacer podría condenarlo en vida. Si, debía adentrarse en el bosque y buscarlos, era la única forma de salvarla del purgatorio, librarla de un eterno sufrimiento por algo de lo que no tuvo culpa alguna. Era su amor, el amor de su vida, y estaba dispuesto a cambiarse por ella, aunque después de tantos años ella hubiera dejado de amarlo.
Treinta y uno de octubre, once y cuarto de la noche, el momento de ponerse en marcha.

Matilde se había criado en un pazo de familia acomodada. Una docena de vacas lecheras, otras tantas de carne, y muchos contactos hechos por su abuelo en La Coruña entre señoritos de postín y políticos locales. Dinero llama a dinero y, aunque no les daba para hacer fortuna, sí que pemitió que su padre estudiara en Hermanos Maristas, en la calle Betanzos, donde se hizo un buen contable. El heredero subía un escalón en el círculo social, y otro paso más fue casarse con Matildita Moa, hija de Anselmo Moa, un estraperlista y contrabandista de tabaco y alcohol venido a más. El abuelo no era tonto, sabía que, los amigos, hasta en el infierno, y que el dinero entrando constantemente en las arcas sería mucho más poderoso y duradero con tanta ida y venida de regímenes totalmente antagónicos cada pocos años. Teniendo un plan económico y social en continuo crecimiento, Matilde nació y se crió envuelta entre algodones. Ella y su hermano iban a ser el futuro de la familia, y el objetivo trazado para ella era obtener otra ventaja más casándola con algún joven de buena familia, el aldabonazo final de los Río en su ascenso a la cumbre de la alta sociedad.
Desde bien pequeña se le asignó una institutriz bilingüe traída de Londres, que no solamente se encargaba de su formación académica, sino de inculcarle un tratado completo de las buenas maneras. Matilde era bella como su madre. De ser una niña pizpireta, la adolescencia la transformó en una hermosa mujer. Alta para su época, de cabellos rizados y dorados casi níveos, ojos azules intensos como el mar en verano, y provista de una elegancia, tanto innata como adquirida, muy superior a la pequeña aldea gallega de donde provenían.

El relente y la espesa niebla hacían casi imposible trazar un rumbo lógico entre los árboles frondosos y los helechos fríos ymojados, y Jacobo estaba más pendiente del candil que de intentar adivinar la dirección correcta en cada cruce. A pesar de conocer el bosque, el paso del tiempo, los nervios y la noche, al poco se encontró perdido. Todo le resultaba igual, la tenue luz no lograba ayudarle, las ramas arañaban la espalda como burla macabra ideada por los espíritus. A lo lejos, una ligera música lúgubre, un suave olor a cera quemada lograron centrarlo. Estaba ahí, a Santa Compaña se acercaba. El corazón se le aceleró intentando abandonar su cuerpo. Aún era pronto, aún era pronto...

Cuando dos corazones se atraen, no hay fuerza humana que los pueda detener, solo poner palos en las ruedas atrasará el desenlace final, pero, por mucho que lo intente, no podrá separarlos. Eso le dijo Matilde a Mrs. Hawthorn cuando la descubrió besándose con el mozo que venía a ordeñar las vacas cada mañana. Un don nadie, alguien que, además, había sido ungido por equivocación con aceite en lugar de agua bendita. Ni siquiera era un cristiano completo. Obviamente, la institutriz puso este contratiempo en conocimiento de los padres de la señorita.
- Matilde, en dos días sale un barco hacia Londres. Tú y Mrs. Hawthorn os embarcaréis de inmediato, y completarás tu formación allí, mientras nosotros encontramos el marido adecuado para ti, acorde con la posición social para la que te estamos educando. El paria que ha osado cortejarte recibirá diez azotes por su atrevimiento, y no volverá a pisar el pazo en lo que le queda de vida.
El mundo se acabó para Matilde. No podía ser verdad, la vida sin Jacobo no tenía sentido. Se marchó a su habitación y lloró hasta quedarse sin fuerzas. Cuando despertó, la noche caía. Se cambió de ropa y se vistió con el atuendo de jinete de su hermano, echó bencina en un candil y escapó por la ventana a hurtadillas. Una vez fuera del pazo, casi llegando al páramo, encendió el candil y corrió, corrió atravesando el bosque sin un rumbo fijo, solamente pensando en el final que le esperaba a ella y a su amor. Sin planteárselo, llevada por la tristeza, la rabia y la impotencia, llegó al acantilado, un hermoso mirador cerca del faro, donde muchas veces se había aislado de todos con Jacobo invadiendo por completo su mente y su corazón. La furia del viento desordenaba sus níveos rizos, secando las lágrimas de su perenne llanto, haciéndola tambalear justo al borde. Y fue en ese momento, en una noche avecinando tormenta, cuando un pequeño claro en su tormento le contó la solución a todo. Con mucha calma, apagó el candil y lo dejó con mucho cuidado en la cruz que señalaba el mirador, mientras, con la otra mano, la acarició pidiendo perdón. Se acercó al borde, cerró sus ojos, respiró profundamente, pensó por última vez en su amante, en su amor, en su corazón, y se dejó caer a la inmensidad del mar.

Después de dos días de su desaparición, un pastor encontró el candil junto a la cruz, justo en el mirador del acantilado. Fue entonces cuando se supo que Matilde se había suicidado. Los padres de Jacobo, alertados por el mismo pastor, enviaron al mozo a Madrid, donde una hermana de su madre había emigrado. Allí se hizo un hombre, aprendió a leer y a escribir, consiguió un trabajo, fuera del alcance de los Río que, por su parte, comenzaron un lento declive hacia la ruina, tras la mancha de tener un suicidio en la familia. Sin embargo, Jacobo no volvió acercarse a otra mujer, él solo tenía corazón para Matilde, un corazón atormentado. Hasta que no aguantó más y decidió volver.

Ahora, veinte años después, un treinta y uno de octubre, a las doce de la noche, Jacobo estaba en el bosque que Matilde cruzó por última vez, buscando desesperadamente a la Santa compaña para rescatar su alma o unirse a ellos para toda la eternidad. El corazón se le salía del pecho, y la música y la cera eran cada vez más profundos, más cercanos...
Si alguna vez tienen la desdicha de ver a la Santa Compaña, podrán reconocer fácilmente a Jacobo, es el que va delante, portando la cruz. Justo detrás, abriendo la procesión, hacha de cera en mano, bajo una túnica negra por la que asoman unos níveos rizos, Matilde lo sigue. Para siempre.